Para Ana, desde lejos.
No se me olvida que hace exactamente diez años leí, gracias al último curso de literatura en la escuela preparatoria, mis dos primeras obras de Carlos Fuentes: Aura y La muerte de Artemio Cruz. La primera me causo una especie de azoro del cual creo que aún no me repongo, y la segunda me sacudió con la fuerza de un terremoto que se prolongó durante los meses que duró la lectura.
El punto de vista narrativo en que está escrita Aura (la segunda persona del singular) me prendó desde los renglones iniciales y tuve que realizar al menos cinco lecturas del relato para que el adolescente que entonces era yo (tenía diecisiete años) pudiera digerir la metamorfosis de Felipe Montero en el general Llorente y de Aura en doña Consuelo.
Aura me rondó la cabeza durante meses. Fue de las pocas lecturas que se convirtieron en, diríamos ahora, trending topic en mi salón de clases: todos la comentamos, algunas compañeras habían quedado horrorizadas por el perfecto final, no faltó alguno que en mitad de la clase parodiara algún episodio y yo, a mi vez, le pedí a mi madre que me preparara los riñones en salsa de cebolla que Aura no dejó de cocinar para Felipe a lo largo de la historia.
Cuando acabó el ciclo escolar y con el tiempo de sobra, decidí buscar una nueva lectura de Fuentes. Coincidió mi búsqueda con la aparición de una biblioteca de autor en los quioscos de periódico. El primer tomo consistía en La muerte de Artemio Cruz. Lo compré y al comenzar la lectura me pareció ver completada con gran destreza la técnica narrativa utilizada en Aura: en esta novela, no sólo me enfrentaba a la segunda persona del singular (ese “tú” que parece acosar al protagonista) sino a la primera y a la tercera, formando un todo indisoluble en cada capítulo que redondeaba de manera certera el fluir de la conciencia del protagonista.
Aunque después supe que las técnicas utilizadas por Fuentes en sus dos novelas no eran del todo novedosas para cuando las escribió (lo supe al leer a Joyce, a Proust, a Faulkner), al menos a mí me abrieron un universo de posibilidades narrativas que a toda costa quise incorporar a mi vida: decidí entonces sentarme a escribir y así lo hice durante casi un año, al cabo del cual acabé una novela con la que exorcicé algunos fantasmas internos.
Puedo decir que gracias a Aura y a Artemio Cruz, escribir se me volvió tan necesario como respirar y enorme fue mi asombro cuando por una feliz casualidad, a principios de 2003 un vecino mío me comentó que Fuentes vivía a unas cuantas calles de nosotros. Indagué la dirección en el directorio telefónico pero no me atreví a llamar. A los pocos días, me enteré de la firma de libros que, con motivo de la publicación de La Silla del Águila, el maestro daría en el mítico Sanborns de los Azulejos. Asistí y, aunque no alcancé la firma pues la gente desbordaba el recinto, pude interceptar antes de subir al automóvil a doña Sylvia Lemus, su mujer. Cuando la abordé, creí que me daría un palmo de narices, pero no fue así. Doña Sylvia se mostró, como todas las veces que la he tratado, como una persona afable y entusiasta de los admiradores de su marido, siempre poseedora de una sobria distinción de princesa que muchas veces me inhibió más que la conversación con don Carlos.
Le comenté que me interesaba la firma en mis libros y que yo era vecino suyo. Sin mayores rodeos me alentó a acudir a su domicilio y dejarle mis ejemplares. Así lo hice esa misma noche y al volver una semana después por ellos, tuve la suerte de poder ingresar a la casa del primer escritor profesional que conocía en la vida. Don Carlos me saludo amable, se excusó por no poder compartir más tiempo conmigo y nos tomamos aquélla fotografía a la salida de su casa, cuando se disponía a partir hacia Tepoztlán. Mi madre la tomó y aún hoy la muestro a quien se deja.
Lo vi varias veces más: a principios de 2004, cuando asistió a un homenaje a Manuel Martínez del Pedroso en la Facultad de Derecho de la UNAM, de donde era egresado y en las ediciones de 2006 y 2007 de la Feria del Libro de Guadalajara, junto al enorme Gabriel García Márquez. Es más, en la edición de 2007, gracias a don Carlos y a doña Sylvia, pude conversar por algunos increíbles minutos con el colombiano.
De lo que recuerdo de esos encuentros es una breve charla acerca de las novelas de Balzac, al parecer su autor favorito. “Léase Louis Lambert y El primo Pons. Le van a interesar”, me dijo al final. En otro encuentro similar, le divirtió darse cuenta de que me había formado dos veces en la fila: los organizadores habían limitado a tres los ejemplares que el maestro firmaría y yo llevaba seis, así que volví a formarme y don Carlos lo advirtió. “Parece usted de aquellos soldados asiáticos que disparaban por turnos y volvían a formarse para disparar. Uno y otro, una y otra vez, ja ja”, me dijo.
Sin embargo, a pesar de que personalmente le guardaba estima y respeto, su pusilánime posición durante el conflicto postelectoral de 2006 y el reconocimiento de un gobierno que arribó atropellando el voto ciudadano, minaron mi credibilidad hacia él. Además, sus últimas obras, tan desfasadas y rebasadas por una realidad que Fuentes ya no podía asumir como propia, no me llegaban a convencer y añoraba cada vez más al escritor de Aura y La muerte de Artemio Cruz, y no al autor de obras como La voluntad y la fortuna o Adán en Edén que ponía a hablar a personas del siglo XXI con el lenguaje de los años cincuenta o que insertaba simples vulgaridades en el texto con el fin de insertarle una poco lograda naturalidad.
Asimismo, el arropar a una generación, a mi juicio, muy mediocre dentro del panorama literario mexicano como lo es la generación del llamado “crack”, me parecía una actitud poco digna de un escritor que pudo convertirse en la conciencia crítica de México al desaparecer Octavio Paz. La última decepción que me llevé de él fue con la publicación de su ensayo La gran novela latinoamericana: elogios más fundados en la simpatía personal que en la objetividad respecto de personas como Jorge Volpi o Ignacio Padilla y, en cambio, un desdén imperdonable por autores del calibre de Roberto Bolaño.
Sin embargo, me gustó que en enero pasado, don Carlos exclamara: “¡Peña Nieto no merece ser presidente por ignorante!”, en respuesta al dislate que el orgulloso candidato presidencial priísta cometiera en contra de la obra del propio Fuentes en la Feria del Libro de Guadalajara.
La última vez que lo vi fue en diciembre durante una firma de libros en la Librería Gandhi. Nos saludamos bien. Siempre galante, elogió a mi madre como cada vez que la veía. Esta vez lo percibí un poco más delgado que de costumbre. Ya no dedicaba los libros, sólo ponía la firma. Me tomé la última foto con él.
Apenas leía ayer la entrevista que concedió a principios de mes al diario español El País. Hoy, a eso de las 13:50 horas, escuché la interrupción en la televisión más cercana de la programación habitual para informar del deceso. Había muerto mi vecino siendo mi vecino, en el Hospital Ángeles del Pedregal, en nuestra entrañable Magdalena Contreras, a unas calles de distancia.
Reconocer las deudas es cuestión de honor. Yo le debo a don Carlos mi deslumbramiento por la literatura. Inoculó en mí la curiosidad y la pasión por escribir. Lo demás llegó por añadidura. Sin lugar a dudas, mañana continuaré escribiendo con la rara sensación de este primer día sin Carlos Fuentes.
Contreras, DF., mayo 15 de 2012
AUTOR - Juan Antonio Perez Sobrado