lunes, 7 de noviembre de 2011

DISCURSO PARA LA ACADEMIA - Cuento

En esta ocasion le damos la bienvenida a  un nuevo colaborador con un cuento muy ad hoc con los tiempos actuales, espero lo disfruten como yo, y recuerden que este espacio es de quien lo toma, por lo que a fin de mantener la objetividad, cada colaboracion es responsabilidad estricta del que lo envia.

Para mi madre, compañera de lucha.

Calgary, 2022.

Estimados y distinguidos académicos:
Antes que nada agradezco a la University of Calgary el haber tenido la amabilidad de invitarme a dar esta charla en el marco de conferencias que sobre América Latina se han desarrollado a lo largo del presente semestre, y mayor agradecimiento me merece por cuanto que me toca hablar de un tema tan querido y evocador como lo es mi añorado país: México.
Algunos quizá hayan tenido la oportunidad de visitarlo. Para otros quizá el nombre les represente sólo la otra frontera del gran vecino compartido. Pero de lo que sí estoy seguro es que la mayoría de ustedes, por no decir la unanimidad, ha de tener la idea inamovible de que mi país se ha convertido en un territorio de salvajes que en sólo cuatro años cambiaron el oro por basura, dejando de lado los implacables beneficios del libre mercado.
Durante treinta y seis años, los mexicanos nos esforzamos por acceder al gran banquete de la civilización. Desde que en 1982, el visionario presidente Miguel de la Madrid Hurtado reorientó el rumbo y la manera de hacer política, y con gran patriotismo evitó a toda costa el arribo al poder del más temible comunismo, mi país, no sin tropiezos, se presentó ante el gran concierto internacional como un aliado de los sagrados principios de la libertad, de la nueva libertad proclamada por insignes estadistas como Ronald Reagan y Margaret Thatcher, próxima a cumplir sus primeros cien años de fructífera vida.
Don Miguel de la Madrid, sin duda alguna, sentó las bases de una nueva manera de hacer política. Es más, con la convicción de un padre orgulloso y sabedor de los alcances de sus retoños, permitió el arribo de una nueva generación de políticos, graduados en las mejores universidades de los Estados Unidos y lo más importante: conocedores del difícil arte de combinar la política con la economía.
Fue así que en 1988, tras una elección que empecinados idealistas de cuño populista y académicos de cortas miras insisten en llamar fraudulenta, tomó posesión de la presidencia un renovador en toda la extensión de la palabra: el licenciado Carlos Salinas de Gortari, el cual, magnánimo e indulgente, perdonó a mi partido los insultos proferidos durante la contienda electoral y nos invitó a dialogar con él, a lograr un entendimiento en bien del país y a buscar los puntos de contacto entre nuestro proyecto nacional y el suyo. Las coincidencias resultaron ser, para sorpresa nuestra, abrumadoras. Desde luego, no faltaron algunos retardatarios envidiosos que se atrevieron a llamar tal entendimiento con el infame nombre de “concertacesión”.
A partir de aquél momento, México fue otro. Por fin, el país entró a la modernidad como Dios manda. Por fin México habría de brillar con luz propia dejando atrás la socialistoide ideología del nacionalismo revolucionario a la que mi partido se opuso, se ha opuesto y se opondrá desde los tiempos del caudillo comunista Lázaro Cárdenas.
De tal forma, la prioridad del presidente Salinas fue firmar el inaplazable tratado de libre comercio con Canadá y los Estados Unidos, cuyos beneficios nunca lograron comprender mis miserables compatriotas y, se me humedecen de orgullo los ojos al decirlo, en cuya redacción y negociación fui parte en mi carácter de diputado federal. Desde luego, nunca faltaron esos envidiosos que, enemigos de todo y partidarios de nada, declararon en la prensa que recibí sobornos cercanos a los cuatro millones de dólares, lo cual desmiente mi consabida austeridad y mi conocido apego a los más altos valores de la religión a la que me honro en pertenecer.
Cuando un hombre comienza a elevarse en el horizonte de los destinos de su país, esas envidias de las que hablo, las maledicencias y las simples ganas de fastidiar, crecen al parejo. Cuando en 1996 ocupé el digno cargo de presidente de mi partido, se me acusó de colaboracionista, de comparsa, de corrupto y hasta de maricón. Afortunadamente tengo la conciencia tranquila. Si bien es cierto que, al igual que con la administración anterior, fueron más las coincidencias que las divergencias, también lo es que durante el sexenio encabezado desde 1994 por mi amigo (sí, me honro en decirlo: mi amigo), el doctor Ernesto Zedillo, mi partido y yo nunca claudicamos el interés de la patria a cambio de bastardos beneficios. Otra vez, esos maledicentes nos acusaron de complicidad con los plutócratas y el gobierno, y que, gracias a ello, aprobamos el rescate bancario, las privatizaciones y el aumento a los impuestos. Nada más falso. Una cosa es complicidad y otra coincidencia. Los miembros de mi partido y yo nos preciamos de ser personas de coincidencias.
Para el año 2000 toda esa paciente labor política sustentada en el diálogo y la coincidencia rindió frutos. Ganamos por fin la presidencia de la República y con ello inauguramos la era de la democracia y cancelamos una era de represión y autoritarismo que caracterizaron los regímenes emanados del partido hegemónico que durante setenta y un años gobernó al país.
¿Cómo?... ¿Qué dice usted, distinguido amigo?... ¿Que cómo considero entonces los tres últimos sexenios a que hice referencia? Bueno… le diré que dentro de todo no fueron tan negros como los anteriores a 1982. Si bien se caracterizaron por ser autoritarios, también es justo aceptar que ellos abrieron las puertas al libre mercado que tanto nos benefició y que gracias a la buena voluntad de las dos últimas administraciones del partido hegemónico se dio paso al luminoso período democrático que inició en el año 2000 y que tristemente concluyó en 2018.
Bien, retomando nuestro tema. En el año 2000 por fin arribó la democracia a México. Pero otra vez, esa caterva de envidiosos que siempre se enquistan en algún puesto público o en algún periódico o en algún programa radiofónico, se lanzó contra nuestro presidente en turno. Lo tildaron de incapaz, de inculto, de mandilón, de reaccionario y de retrógrada. Y todo ese coro de mendaces voces fue encabezado tristemente por la encarnación del temido populista, por un advenedizo a quien uno de nuestros gigantes intelectuales llamó, con razón, el “mesías tropical”. Incluso se atrevieron a acusar al presidente de querer imponer a su mujer como sucesora. Pero eso yo ya no lo permití. Fue demasiado. En mi carácter de secretario de Estado, me lancé a la búsqueda de la nominación de mi partido para la presidencia de la República. Eso me costó, con todo el dolor de mi corazón, romper mi amistad con el presidente, lo que esos infaltables calumniadores interpretaron como “una burda pelea por el poder”. No cabe duda que hay gente que no entiende que las amistades puedan dañarse por ideales y puntos de vista encontrados, y no por perversas ambiciones.
Fue así que logré ser candidato de mi partido a la presidencia. Los mismos de siempre me tildaron de gris, mediocre y poca cosa, lanzándose a apoyar la candidatura del “mesías tropical”. Pero durante la campaña, demostré ser un visionario estratega que no dudó ni un segundo en aceptar el desinteresado apoyo de la gente de bien de mi país: los grandes empresarios que, con su esfuerzo y dedicación, han amasado incalculables fortunas con las cuales crearon durante mucho tiempo incontables puestos de trabajo para los mexicanos con menos oportunidades. Por eso mismo, cuando mi contrincante logró apuntalarse con trampas y falaces encuestas lo colocaban a la cabeza, acepté, con el patriotismo que me caracteriza, una campaña feroz y desmitificadora del terrible “mesías”.
Cuando por fin llegó el día de la elección, los números me favorecieron ampliamente. Sin embargo, los eternos falsarios tildaron el proceso de fraudulento y viciado, e incluso se aventuraron a especular que si el presidente me terminó dando su respaldo no fue por lealtad y compañerismo sino por complicidad y a cambio de impunidad absoluta. A tanto llegó el asunto que el “mesías” se atrevió a proclamarse “legítimo presidente” y a mí me echaron a perder el día de mi toma de posesión con gritos e insultos que ojalá Dios ya les haya perdonado.
En fin, de mi mandato qué les podría decir. Me avoqué, como el gran don Miguel de la Madrid, en formar una nueva generación de jovencitos aguerridos dispuestos a dar la batalla por México, los cuales tristemente fueron injuriados por esa manada de insaciables embusteros y que les causaron tal desprestigio, que ninguno tuvo ya la fortaleza para continuar el alto designio que les señalé, aunque, al fin jóvenes con talento, se convirtieron al cabo en fructíferos empresarios y adelantaron tanto en fortuna que esos mismos mentirosos no se cansaron de acusarlos injustamente de enriquecerse inexplicablemente durante el lapso de mi administración.
Otro eje de mi presidencia fue el combate frontal al crimen organizado, lo cual, permítanme decirlo sin falsas modestias, constituye el motivo de mi más acendrado orgullo. De que hubo muertos, los hubo, qué duda cabe. Pero si se derramó sangre, fue sangre malvada. Y desde luego que en esta lucha entre el bien y el mal, tampoco faltaron los insidiosos que propugnaron por cuanto medio tuvieron al alcance que la “guerra contra el crimen” no fue más que una simulación tendiente a allanarle la competencia a un capo de la droga financiador de mi partido y que la inicié por órdenes de los Estados Unidos a fin de disparar los precios de los estupefacientes y de las armas utilizadas en el conflicto. Patrañas, al fin y al cabo.
Nada más diré de mi administración. Ustedes son los mejores jueces y sé que sabrán ponderar mis acciones con total imparcialidad.
Ahora bien, hablemos de lo que sucedió después. En 2012, confieso que con la amargura de un héroe en derrota, tuve que entregar la presidencia a un miembro del otrora llamado “partido hegemónico”. A partir de entonces y hasta ahora, la vida me habría de presentar su más duro rostro. Aquéllos que seis años atrás me juraron lealtad, amor y obediencia, aquéllos que me apoyaron incondicionalmente durante los arduos días de mi campaña a fin de frenar la llegada al poder del populismo de corte más rancio, se lanzaron en volandas para apoyar a un ex gobernador que, no lo duden, con las más tramposas argucias y las más disimuladas hipocresías, amén de su tan exhibido buen porte y relamida cabellera de infante real, logró conquistar a un buen tercio de la población tras una intensa campaña televisiva donde se mostró como el galán seductor de nuestra siempre débil madre patria. Fue así que comenzaron los ataques de mis fingidos amigos, aquéllos a quienes creí mis más acérrimos correligionarios. Y desde luego, los canallas que en todo momento me han perseguido como plaga infecta, gritaron a los cuatro vientos que era ahora cuando se veían a las claras los frutos de las negociaciones de 1988: el antaño “partido preponderante” había cedido a mi partido dos sexenios en la presidencia a cambio de eso que yo me empeño y me empeñaré en llamar “diálogo y coincidencia”. Fue así que me limité a entregar la banda tricolor y, sin escalas, me tomé un bien merecido año sabático en las islas Mauricio.
Sin embargo, nadie, ni siquiera un visionario como yo me precio de serlo, se imaginó que en octubre de 2016 una marcha de aspirantes rechazados por la UNAM y el IPN terminara en masacre. Al llegar al Molino del Rey y tratar de acercarse a la entrada principal de la residencia oficial de Los Pinos, la policía militar les impidió el paso. Al parecer, los comunistas de siempre lanzaron bombas molotov contra los insignes milicianos y éstos se vieron forzados a repeler la agresión. Cuando los manifestantes vieron que eran balas de verdad las que les dispararon casi a quemarropa y que sus compañeros caídos no estaban fingiéndose muertos, se lanzaron contra los miembros del ejército, los cuales acabaron de una vez por todas con tanto bárbaro pseudoestudiante.
Si bien yo nunca apoyé, ni apoyaría al antiguamente denominado “partido hegemónico”, he de reconocer que se continuó con la política económica trazada desde los heroicos tiempos de De la Madrid, lo que ya es bastante. Pero, al igual que conmigo, las fuerzas oscurantistas que nunca duermen, comenzaron a recordar al día siguiente de la matazón que nuestro guapo presidente había respondido igual a un grupo de comerciantes en San Salvador Atenco durante su recién iniciada gubernatura en el terrible 2006. Comenzaron a organizar marchas y manifestaciones que día a día se volvieron más y más violentas. Mi partido, desde luego, propuso la vía pacífica para solucionar cualquier conflicto y la exclusión, faltaba más, de esa gente vulgar, corrompida, revoltosa porque sí, holgazana y funesta que constituyó el alma de ese movimiento al más puro estilo de Jacinto Canek.
Pese a todo, el galán mandatario se negó a renunciar. Las cosas, como ustedes saben, llegaron a mayores cuando intentó, como mi antecesor, que su mujer lo sucediera. Los Estados Unidos, siempre celosos del orden y la libertad, exigieron al presidente la inmediata resolución del grave estallido social y los inversionistas extranjeros cargaron con cuanto pudieron para instalarse cómodamente en un país con menos alboroto.
Por supuesto, los partidos populistas y de la peor calaña izquierdista aprovecharon el caos imperante y para 2018 lanzaron de nueva cuenta la candidatura de aquél “mesías” que tanto daño ha hecho a mi nación. Mi partido, como en 1976, se quedó sin candidato al descubrirse el penoso caso de pederastia de los dos únicos precandidatos con registro, acusación la cual sigo yo poniendo en duda. Por su parte, el apuesto presidente, que a esas alturas más bien tenía el semblante de un actor en retiro, se mantuvo firme en el apoyo a su esposa y la hizo ganar abrumadoramente con el 92% por ciento de los votos, algo no visto desde los prehistóricos tiempos de López Mateos. Mi partido se comportó de manera institucional y reconoció a la nueva mandataria, e, incluso se lanzó una proclama felicitando al país porque al fin México se había decidido a elegir a una mujer.
Pero de nuevo, la temible oposición populista, los oportunistas al acecho, los victimarios de México, rompieron el orden constitucional y, más organizados que en 1988 o 2006, se lanzaron contra templos y edificios, palacios y plantas industriales, residencias y haciendas, complejos hoteleros y clubes privados, ayuntamientos y cuarteles, hasta aquél entonces respetados. El presidente y su electa cónyuge sufrieron la vergüenza de tener que huir del país a la medianoche del 4 de agosto de ese espantoso 2018 en un jet al que subieron en ropa de cama y con la infinita tristeza de haber olvidado en Los Pinos una maleta con catorce millones de dólares. Nadie siquiera prestó atención a que horas antes el ínclito Tribunal Electoral había declarado válida e inobjetable la elección presidencial.
Con el ánimo por los cielos y con un rotundo sabor de victoria, la gente idiotizada por esas fuerzas negras del populismo cercó el Congreso de la Unión y presionó para formar un triunvirato de notables encargado del Poder Ejecutivo. Sí, no se sorprendan: un triunvirato como en los salvajes tiempos de Iturbide y de Santa Anna.
Ese triunvirato, aún no sé si por miedo o por mínimo apego al sentido común, logró ponerse de acuerdo para la realización de nuevas elecciones a fines de noviembre, puesto que las anteriores se declararon ilegales y fraudulentas, lo que conllevó a la remoción de todos los integrantes del Tribunal Electoral.
A la contienda sólo se presentaron dos candidatos: el “mesías” y un ex embajador de México en Tailandia, el cual fue apoyado por mi partido y los restos del que alguna vez fuera el “hegemónico”. Increíblemente, como recordarán, el “mesías” arrasó en las urnas y logró posesionarse de esa presidencia que alguna vez yo tuve el honor de ostentar aquél infame 1 de diciembre del más infame 2018.
Pero lo peor apenas habría de venir. Al día siguiente, con gran contento de la chusma, comenzaron las nacionalizaciones: lo primero fue la industria televisiva, acción la cual dejó en la calle a dos de los más respetables empresarios mexicanos que con el sudor de su frente hicieron de la televisión mexicana un ejemplo de calidad y objetividad, siempre en claro apego a la libertad de expresión y a la promoción de valores en pos de las causas más nobles.
El siguiente acto de salvajismo fue el encarcelamiento de la casi octogenaria líder magisterial, una luchadora sindical como pocas, una mujer honrada y sin pelos en la lengua que siempre dio su apoyo a capaces políticos con el fin desinteresado de contribuir al progreso de la patria. Su único pecado fue ir a ofrecer sus inapreciables servicios al nuevo gobierno.
De igual forma, se procedió a la expropiación de Teléfonos de México, empresa líder en su ramo, acusada injustamente de monopolio y a la que ésta administración de caníbales hizo presa de su más acendrado odio, reprimido por generaciones, al no ser capaces de soportar que un ser humano, lo repito, por su esfuerzo y constancia, se convirtiese de la noche a la mañana en el hombre más rico del orbe. Si a México se le conoce en el mundo, mucho se lo debemos a tan insigne personaje.
Pero el cenit de la locura, el punto más álgido de esta orgía de posesos sin remedio, fue la denuncia del TLCAN según lo previsto en el malhadado artículo 2205 de dicho tratado. ¿Es eso estar en su sano juicio? ¿Es medianamente concebible que un país se niegue a que el 80% de sus exportaciones se dirijan hacia la gran nación que es Estados Unidos? Y todavía atreverse firmar sendos acuerdos comerciales con Brasil, Indonesia y la India. Se necesita estar loco de remate.
Lo que más duele, amigas y amigos, no es la pérdida del poder, no. Lo que más duele, señoras y señores es que toda esa paciente labor de incrustar a México a como diera lugar en el concierto mundial fue echada sin más por la borda y todo aquello que nos enseñaron nuestros sabios maestros de Harvard, Yale, Stanford y otras más fue ignorado como si hubiesen sido simples peroratas de profesor de la Universidad Nacional.
Distinguidos académicos: México ha roto con la Organización Mundial de Comercio, con el Banco Mundial y con el Fondo Monetario Internacional. ¿Qué será ahora de mi país en manos de un demente?
¡Yo desde aquí hago un llamado a todos los mexicanos en el exilio, a todos los progresistas del libre comercio, a los mexicanos de bien, a los buenos católicos, a que nos organicemos para recuperar nuestro país, tal cual lo siguen haciendo los valientes cubanos de Miami que continúan a la espera de la muerte del nonagenario Fidel!
¡Yo desde aquí convoco a una cruzada para devolver a México a los cauces de la decencia y al rectorado económico de la gran potencia mundial!
¡Muera el populismo! ¡Mueran las chusmas incontenibles!
¡Viva la resistencia en el exilio! ¡Dios me bendiga!
Muchas gracias.

En las gradas vacías, el conserje se limitaba a barrer las briznas de polvo entre las butacas. El loco aquél que cada sábado se escabullía en el auditorio, subía al estrado y vociferaba en un idioma desconocido le causaba la más extraordinaria de las simpatías.

Contreras, DF., abril 11 de 2011.
Autor: Juan Antonio Perez Sobrado
sobrado_1@hotmail.com

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